LOS SONÁMBULOS: DE LA “REALIDAD” DE LOS MODERNOS

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Por Jesús Delgado Guerrero

De los dares y tomares en la agenda pública, los pregoneros del discurso de la felicidad están empeñados en dar de martillazos a los hechos y tratar de pulverizarlos. Menospreciados todos los días por una insulsa fantasía supuestamente bienintencionada, han resistido estoicamente las embestidas del falso optimismo.

Como ejemplo, desde el sector financiero, que no para de llenar las alforjas en un país acostumbrado al saqueo, se afirma que lo peor en economía ya pasó, que eso lo prueban los ciudadanos volcados con frenesí al consumo, vía créditos. El gobierno por su lado habla de que “se le cambió el rostro a la economía” (cierto, las bases estructurales y el espíritu depredador son los mismos de hace más de 35 años).

El progreso social no está asociado al poder adquisitivo, a un empleo digno y con salario decente, menos a los avances tecnológicos y a la organización. No. Frente a la doctrina del renovado fetiche crediticio, incluso pensar en un avance ético y cultural resulta un inútil pasatiempo, mero desperdicio para el optimismo predeterminado.

El crédito al consumo de las familias (creció 7.7 por ciento -18 mil millones de pesos- respecto del año pasado en una sola entidad bancaria) no está vinculado a gasolinazos inflacionarios ni al recrudecimiento de la miserización salarial debido a ello. No es casual que del 2012 a la fecha haya pasado del 106.1 por ciento al 116.2 por ciento el índice de crecimiento del consumo, según los históricos de INEGI. 

Como observaría el sociólogo Gabriel Tarde, es la inevitable victoria de la moda sobre la pobreza, sinónimo ésta ya de costumbre neoliberal: vivir sin crédito (pago de escuelas, medicinas, incluso comida) es peor que andar con taparrabos y arcos a la caza de mamuts.

Aquí no hay ninguna diferencia entre el Gallo de Esculapio, de Sócrates, y el Gallo de Oro, de Juan Rulfo: la vida termina con una muerte casi jubilosa, y que en estos casos significa una vida muerta, suicidio a plazos porque, aplicada la ironía socrática, ni Esculapio es el dios que cura todos los males, ni el neoliberalismo ha sido siquiera teología para el consuelo, con todo y sus  créditos y “bancos para pobres”.

A decir de las páginas “especializadas” en avisos de optimismo clasificado (por las clases que los emiten, no por su condición de secrecía o de reserva), es más importante financiar el consumo que proyectos productivos, de investigación y desarrollo tecnológico (cada vez más en picada, según indicadores oficiales pues la última es de 0.60 por ciento anual del PIB). 

Intérpretes del diablo, la ficción se hace realidad y ésta se vuelve ficción: la desigualdad no existe, la pobreza está más adulterada que la leche y sólo es un recurso electoral.

Y por si hiciera falta, el discurso populista -de derecha o izquierda-, es una pantalla para encubrir la realidad moderna, un dardo venenoso para denostar a sus audaces e “innovadores” promotores (ajá).

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