LOS SONÁMBULOS: A QUIÉN LE DAMOS NUESTRA LASTIMA?

FB_IMG_1494845331576
Por Jesús Delgado Guerrero
(En memoria de los que han muerto por hablar)
“No tenemos a quién darle nuestra lástima”. En la narrativa rulfiana los cuasi-cadáveres no están en condiciones de oír a los perros y, por ello, tampoco aportan nada para generar una chispa de esperanza. Es, al final, la esperanza desesperanzada, desesperante y en las sombras además.
También, en estos paisajes disfrazadamente rurales los gobernantes hablan de las dolencias de sus semejantes y se dicen “hermanalmente dispuestos al consuelo de los hogares menoscabados por la muerte”.
Además, aseguran que los laceran las heridas de los vivos “por sus bienes perdidos y la flamante dolencia de los seres por sus muertos insepultos…” , como en “El día del derrumbe” donde, como siempre, los gritones nunca han perdido oportunidad para la abyección pública: “¡Exacto, señor…!
“Tuxcacuenses, vuelvo a insistir: me duele vuestra desgracia, pues a pesar de lo que decía Bernal, el gran Bernal Díaz del Castillo: `los hombres que murieron habían sido contratados para la muerte´; yo, en los considerandos de mi concepto ontológico y humano, digo: ¡Me duele!, con el dolor que produce ver derruido el árbol en su primera inflorescencia…”
Ahí están, pues, “las fuerzas vivas del Estado, desde su faldisterio (sic)” pidiendo con vehemencia intervenir para socorrer a los afectados, y donde los pobladores no recuerdan la fecha del desastre pero sí los grandilocuentes discursos de quienes son retratados en forma burlesca como representantes del poder público,
Justificadamente, hoy se asegura que en México, tratándose del ejercicio del periodismo, en muchos casos “hablar es morir”, como ha remarcado el periodista y escritor italiano Roberto Saviano respecto de la mafia de su país.
Frente a los crímenes de periodistas en el nuestro, cada vez más frecuentes, los espacios públicos se llenan de indignación y de anticipada desesperanza, porque al momento de los asesinatos ya se conoce el desenlace: impunidad, cero castigo a los sicarios, mientras el “¡Exacto señor…” se convierte en un ominoso silencio o en simulada consternación.
“Son los daños colaterales”, se ha dicho antes y ahora en el mismo tono del gobernante de los tuxcacuenses, sólo que desde una oficina tipo caserna militar, rodeado de guardias o vía redes sociales, quizás para no generar gastos para la concentración de multitudes, o de maquillaje para el respectivo mensaje en cadena nacional.
“Ellos se lo buscaron, para que andan metiendo las narices donde no deben, para qué contar historias que no necesitan ser contadas, para qué pormenorizar los lazos delincuenciales y oficiales sobre los que se sostiene el crimen organizado”.
Hete aquí la razón por la cual son más dignos de compasión los muertos de las praderas rulfianas, que además estaban solos. En los asesinatos y atentados contra periodistas ¿a quién le damos nuestra lástima?

Deja un comentario en movimiento

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s