LOS SONÁMBULOS: DE OGROS SIAMESES (POPULISMO SALVAJE)

 


Por Jesús Delgado Guerrero
Concisa y maciza definición sobre el “populismo” que, involuntariamente, ratifica al Ogro de los Hermanos Grimm como la torpe y eterna víctima de sus propias baladronadas:
“En primer lugar, el populismo es un movimiento antisistema que busca ir en contra de las instituciones; en segundo lugar, (los populistas) se hacen representantes del pueblo que no ha sido atendido por estas instituciones; y en tercer lugar, ofrecen soluciones simplistas a problemas muy complejos y que, en la mayoría de los casos, resultan falaces” (Luis Robles, presidente de la Asociación de Bancos de México).
Según la leyenda, los ogros tienen la capacidad de cambiar de forma, incluso parecer humanos pero no logran ocultar su apetito por la destrucción y, en forma particular, son muy avariciosos; lo suyo es la emboscada y el pillaje y son cazadores de personas, primero para esclavizarlas y luego para devorarlas.
Son ternuras las representaciones de Charles Perrault en El Gato con Botas y Pulgarcito (adaptaciones de “El Cuento de los Cuentos” o “Pentamerón” de Giambattista Basile) frente a los ogros que han sometido al país: el Filantrópico (Octavio Paz), el “Antropófago” (Carlos Castillo) y, durante los últimos 35 años, el Ogro Salvaje.
“El dilema global: Liberalismo contra populismo”, se tituló la convención de banqueros reciente. Falso dilema ante el cual no se necesita del Sastrecillo Valiente para echarlos a pelear porque al final los hechos los colocan como Ogros Siameses, dos cabezas en un mismo cuerpo teologal, devastador y peligroso:
Para el neoliberalismo vigente no hay nada más nocivo que la existencia de instituciones (si sólo hay gobierno para rescates bancarios y especulaciones como el Fobaropa, !qué mejor!); si es posible tener empleados o familiares en la ventanilla gubernamental, !estupendo!, (así se representa mejor a la sociedad) y, lo sublime, el espíritu redentor populista de asumirse como la salvación de cualquier cadáver. A corto o largo plazo, el destino es el cielo en la tierra (!Dios no ha muerto!).
En ambos casos, lo teológico se maquilla como programa económico y de gobierno y se hace eco mutuamente en el discurso, lo que tiene como epílogo la socarrona y cínica frase de que: el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, mientras que el socialismo es lo contrario.
Los neoliberales creen que hay democracia, libertad y que los derechos humanos están protegidos; creen también que hay igualdad de oportunidades y el ascenso meritocrático, justo lo que su doctrina ha devastado (esos muros fronterizos neoliberales, el culmen de su evangelio).
Se toman en serio sus ficciones, como esa de que la desigualdad es un daño colateral que es posible revertir a punta de despensas, comedores populares y filantrocapitalismos evasores de impuestos (y todavía son capaces de acusar a otros de su misma esquizofrenia).

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