LOS SONÁMBULOS: TRATADOS Y NUEVA ESTAMPA DEL CORSARIO

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Por Jesús Delgado Guerrero
Ahora que diplomáticos y sacerdotes del capitalismo salvaje están vueltos locos por eventuales modificaciones a “tratados internacionales” relacionados con el comercio, incluso eventuales cancelaciones, habría que revisar con más detenimiento el asunto, hurgar tal vez a partir de los siglos XVII y XVIII (lapso de la supuesta “época dorada de la piratería”), cuando la doctrina comenzó a desplegar sus fundamentos: la libertad económica está estrechamente vinculada con el desarrollo de las sociedades (¿en serio?).
La historia comercial de los últimos cuarenta años daría material a pasto para renovar la imaginación de una narrativa “heroica” sobre viejos-nuevos piratas, bucaneros y filibusteros espoleados por los principios neoliberales, especialmente por el de “la ganancia a cualquier precio” (un saqueo más, un saqueo menos, sumando miserables por millones e igual el grueso de cadáveres, es una nadería frente al progreso y el proceso civilizatorio, con el “1 por ciento” de ricos, claro, encabezando esta nueva cruzada por la humanidad).
En su origen, el término “pirata” se utilizó para definir a esa gente que se mostró dispuesta a la aventura en busca de fortuna (algo así como el especulador o “inversionista” que “arriesga” y al final, tanto en las malas como en las buenas, busca el amparo del gobierno, y éste a su vez lo hace sin sonrojo en los impuestos ciudadanos) y más tarde se extendieron “licencias para el asalto” a gran escala, con lo cual los corsarios quedaron debidamente institucionalizados.
A las patentes de corso que se otorgaron y que hicieron impune cualquier acto de pillaje por parte de mercenarios sin escrúpulos, mercaderes, negreros, contrabandistas, etc., bien podría denominárseles, en jerga estilizada y moderna, “tratados comerciales”.
Incluso, legendarios salteadores de buques y otros hoy pasarían como emblemas de la innovación y hasta de la fatiga, desmintiendo así las “envidiosas” y precisas descripciones veblenianas sobre la holgazanería.
De esta manera la “Doctrina del Destino Manifiesto” desplegada en las últimas décadas, con toda la sustancia del agandalle imperial, ya no es desde luego territorial, sino comercial: “la expansión es buena, certera” (y sin pago de impuestos en ningún lado es mucho mejor), se dijo ayer, como se repite hoy sin que nada lo respalde.
Frente a Henry Morgan o Francis Drake (el primero pasó de carne de guillotina a gobernador y otro fue elevado a rango de “Sir”) lo novedoso es el recubrimiento sobrepuesto de éstos con logos de firmas multinacionales, trazando una nueva imagen romántica, ideal y hasta benefactora de una nueva era dorada de pretendidas hazañas.
Librecambismo y proteccionismo han tenido su etapas de colaboración estrecha, y en todos los casos el resultado es invariable: la destrucción de la industria local y la concentración de la riqueza (otra “minucia” que, por supuesto, no figura en la agenda de las preocupaciones oficiales).

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