LOS SONÁMBULOS:LA HISTORIA LOS ABSOLVERÁ?

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Por Jesús Delgado Guerrero

A los 32 años llegó al poder. Medio siglo después lo heredó a su hermano; luego, la edad lo venció. Fidel Castro Ruz, personaje del Siglo XX (para bien y para mal), dejó una tarea complicada a la historia y a fieles y detractores: absolverlo y darle un trato menos apasionado.

Lo innegable es que él probó que las revoluciones degeneran en rancios conservadurismos cuando se combinan la desmoralización social con la aplicación de procedimientos artísticos en esos espacios donde la magia y la idolatría son, según estudiosos, caldo de cultivo para el florecimiento de religiones.

Junto con sus camaradas Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos y varios más, Fidel inspiró brotes guerrilleros casi epidémicos en América Latina, como anotó el historiador y admirador confeso de la etapa juvenil de Castro, el británico Erick Hobsbawm (Historia del Siglo XX,  “Critica”, p.436).

Hobsbawm demolió la figura romántica del guerrillero “emergiendo exclusivamente de la montaña” porque con tal etiqueta pasaron también golpistas militares, pero después de la Segunda Guerra Mundial la táctica de guerra de guerrillas se hizo común en varias partes del mundo, especialmente en América Latina.

Se contabilizaron unas 32, según el inglés, quien sugirió que en ello, Castro y Cía. no fueron mejores que los comunistas vietnamitas, los cuales derrotaron a potencias como Estados Unidos y Francia.

Pero la victoria del “joven vigoroso y carismático de una rica familia terrateniente, de ideas confusas pero decidido a mostrar su bravura personal” sobre una dictadura débil (la de Fulgencio Batista) puso a Cuba en la órbita mundial por el aparente éxito de la táctica guerrillera.

Visto con los espejuelos musilianos del sarcástico espectador que fue ese matemático idealista llamado Ulrich, Castro fue esencialmente un “maestro de la propaganda (espesos y soporíferos monólogos podían durar más de siete horas) que encontró una masa excitable, integrada por los “más sensibles, los menos capaces de resistencia; es decir, los extremos, la violencia súbita o de nobleza conmovedora”, y que fundamentalmente se apoyó en la televisión para alcanzar el poder, según el historiador Hugh Thomas.

Nunca toleró voces distintas (dentro de la revolución todo, contra la revolución nada) y como jesuita que era apeló a Ignacio de Loyola para justificar el aplastamiento: en una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición. Mal la pasaron incluso aquellos que insinuaron que en la Habana, como en Nueva York, “había más putas que poetas, así como más “chulos” que culos sentados de editores a la espera de autores inéditos”, según Guillermo Cabrera Infante  (“Mea Cuba”).

De por sí inexistente con Castro vivo, a la “izquierda” sólo le queda la nostalgia ante el mito, mientras las ultraderechas confeccionan el suyo esperando también la absolución de la historia.

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