PARA HECHOS…BASURA CRIMINAL

PARA HECHOS 2 DE NOVIEMBRE DE 2016.
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Lorenzo Delfín Ruiz
Por el proceso de descomposición que sufre, el país se llena de absurdos y se satura de fosas, de impunidad, de sadismo y cinismo institucional; la cultura del crimen sin castigo en todas sus versiones empieza a admitirse como “algo” natural, mientras el Estado se dedica a inventar y aumentar mecanismos para la sobrevivencia propia y la de la élite voraz a la que se debe, y deja a una sociedad sin armas de defensa a la buena de Dios.
Cuando en la Ciudad de México una pandilla disfrazada de payasos, en versión ramplona de un fenómeno que atosiga a muchos países y copiada y estimulada desde las llamadas redes sociales, se dedica a asesinar transeúntes (entre ellos al padre de un infante que pedía en la calle la tradicional “calaverita”) por un probable ánimo de “diversión”, es muestra categórica de que tal descomposición alcanza ya grados de podredumbre que las instituciones públicas no han podido atajar. O no han querido, porque forman parte de ella.
Este hecho sanguinario es también una breve muestra de la insensibilidad vertiginosa que azota a grupos que le apuestan al crimen como la vocación más productiva, emocionante y divertida, pero al mismo tiempo refleja los efectos de la basura que producen las redes sociales en cantidades industriales.
Si se usan para convocar al crimen y estimular masacres por venganza, “negocio” o recreación, es entonces que se comprenden los controles que algunos gobiernos en otras latitudes le imponen a estos mecanismos de “comunicación” colectiva, a despecho de las sociedades falsamente libertarias que sacrifican la seguridad de las mayorías en aras de ampliar sus fuentes de enriquecimiento, como lo son las redes sociales dedicadas al comercio y que están dispuestas para las fechorías de toda índole, el fraude incluido.
Es incuestionable el manejo profesional a que están sometidos algunos de los sitios de comunicación vía internet. Pero son oasis en medio del desierto. Y en su momento se previno: con sus debidas excepciones, estos modernos instrumentos cibernéticos de uso abierto, lanzados sin educación para su explotación, sería el equivalente a darle un fusil a un chango. Tal como sucede.
La depravación que circula por el espacio cibernético globalizado, en México es fuente de inspiración cotidiana. Las hordas criminales hacen copias grotescas, y no pocas veces aumentadas, de otras “hazañas” inmediatamente presumidas desde lugares recónditos del planeta. Al ánimo de ser absurdamente originales, le imprimen a su actividad una carga de desafío que a las instituciones públicas les pasa de noche, ocupadas como están en la protección de sus propias arbitrariedades ligadas por lo regular… a las células criminales.
Muchos jóvenes, la parte más sensible a los efectos del manejo libertino de las redes sociales y los sitios de difusión de videos originales o montados (que compiten a brazo partido uno con otro), también deciden su futuro con “información” devorada de la red de internet, con encumbrados miembros de bandas de malhechores como protagonistas, o actores y actricillas asociadas con criminales y con el consumo masivo de enervantes.
Por igual, para “vivir bien” reafirman su disposición a “sacrificarse” hundidos en las aguas negras de la corrupción como lo ilustran funcionarios venales, así llámense Javier Duarte de Ochoa, César Duarte Jáquez, Guillermo Padrés, Roberto Borge… o ejemplares de talla mayor enquistados en el gobierno de la República. Son, en conjunto, los ingredientes suficientes en que se amparan analistas académicos para afirmar: “Corrupción y desfalco en México, son peores que (Donald) Trump”.
Se transmite a las nuevas generaciones la idea (muy extendida ya) de que en México abusar y matar son la clave para todo progreso, máxime que la justicia se compra con plata o se consigue con plomo. Eso ha de haber animado a los ejecutores de un joven estudiante en Chihuahua, y de cuyo asesinato son sospechosos sus propios compañeros. En ese ambiente posiblemente fueron formados los llamados “Porkys de Costa de Oro”, en Veracruz, acusados de violar a una joven y que ahora lloran lo que antes hicieron con prepotencia y cobardía. De igual aliento han de hacer alarde los cientos de miles de jóvenes enrolados por voluntad en las bandas de secuestradores, narcotraficantes y sicarios desparramados por todo el país.

La fuente cibernética de inspiración para las fechorías se suma a las ya tradicionales: el cine y la televisión, frente a las que escasamente el Estado ha logrado una victoria decente. Por lo regular, ha sido arrastrado. Una expresión menos sangrienta, pero igual de nociva para los ánimos de integración y defensa cultural que exige la sociedad, la escenificó el naufragado jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, quien descarrilado en esos menesteres de empaparse de la tradición popular y embrutecido por las ganas de mostrarse light con la poderosa industria del cine, tuvo la ocurrencia de autorizar un desfile callejero de “Día de muertos” con el uso de los monigotes monumentales usados antes y arbitrariamente para la producción de una película del famoso y cretino personaje cinematográfico “James Bond”.
Una probadita de tradición nacional habría sido suficiente para que Mancera y el corruptísimo equipo que le rodea hubieran renunciado a promover una afrenta a la costumbre de homenajear a los muertos en panteones o en la intimidad casera, antes que embadurnar las calles de un ritual importado, sazonado con elementos ligados al “halloween”, representación introducida en las venas populares de México como síntoma de “modernidad” y para el consumo frenético.
Mancera no camina solo. En tanto participa en la entrega acelerada del país; mientras las instituciones se caen a pedazos por la corrupción, el compadrazgo y la impunidad; conforme cunden los asesinatos y el desempleo, negados y disimulados por gobernadores aventureros y arribistas (Eruviel Ávila es la expresión más nítida de este tipo de crimen institucional), el Congreso federal se destapa con una excelencia legislativa: contener la producción de narcoseries televisivas que hacen apología de la violencia y el crimen que por su pachorra han estimulado bajo criterios de libertad de expresión, pero que se convierte en permisibilidad asesina y negocio para empresarios de la TV comercial.
La medida se antoja farsante y a toro pasado. Porque el daño que produce la televisión como escuela del crimen, y que el mismo Congreso dejó pasar, ya está enraizado. Se deduce que el Congreso, entonces, aplica con puntualidad las rutinas de tapar el pozo después del niño ahogado o de recetar aspirinas a un enfermo en etapa terminal.
La narcoviolencia sigue viva, actuante. Y de acuerdo con sus mensajes no escritos, tratar de domar hasta ahora las narcoseries es una vacilada.
Ganas de joder, vaya.

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