LOS SONÁMBULOS:”JUANGA” REBELDÍA DESCLASADA

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Por Jesús Delgado Guerrero
En un fallido elogio de las presuntas bondades del Ogro Salvaje (neoliberalismo económico), uno de los gurús de esa ciencia ficción no dudó en atribuible un peso vital al “éxito espectacular” de Los Beatles “cuando tuvieron acceso al mercado global y cosecharon los beneficios de públicos inmensos”.
Ese personaje consideró, no obstante, que la cultura de los años sesenta (de la que formaba parte el Cuarteto de Liverpool) era “anti-intelectual”, y dejó en claro su “conservadurismo y fe en la urbanidad” antes que el “Flower Power” (Alan Greenspan, “La era de las turbulencias”, ediciones B, pp. 72-446, ex titular de la “Fed” y admirador de Ayn Rand y su “Himno del Yo”)
Rebeldes desclasados, los melenudos de Liverpool (y muchos como ellos) demostraron que el talento no depende ni se hace gracias a los “mercados”, sino que éstos y sus representantes incluso llegan a constituir un obstáculo para su desarrollo, atropellando libertades básicas o promoviendo linchamientos.
Algo semejante en nuestro país puede decirse del cantautor Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como “Juan Gabriel”, recientemente fallecido, quien a despecho de la tecnocracia neoliberal y sus cajas de resonancia, convertidas éstas en parte fundamental de aquella después, construyó su propia leyenda antes de morirse, debiéndoles quizás la oportunidad de mostrar ostentosamente su libertad.
Al llamado “Divo de Juárez” no se le podría recordar únicamente por sus cientos de canciones, esa brillante descripción monsivasiana (Escenas de pudor y liviandad), ni por su estribillo “Ni Temo, Ni Chente… Francisco será Presidente”, si no se agrega, entre otras cosas, su libre decisión de expresar su simpatía (y voto) por Manuel J. Clouthier “Maquio” en las escandalosas elecciones de 1988, rechazando la invitación de Carlos Salinas para que lo apoyara y quien, ya en el poder, le echó al fisco como tendría que hacerse con especuladores y casabolseros.
Aun la filosofía de los genios más irascibles, como Schopenhauer, reconoció que la música “es un arte tan grande y admirable”, que “puede ser comparada con una lengua universal…”, y con todo el “humo” que el neo-cinisno alemán le atribuye al imperio del pensamiento, descubrió que ese arte “obra tan poderosamente sobre el espíritu del hombre, repercute en él de manera tan potente y magnífica”, y “cuya claridad y elocuencia superan en mucho a todos los idiomas de la tierra”.
Si a eso se agrega que donde “la voluntad y la existencia misma son un dolor perpetuo, en parte despreciable, en parte espantoso” (y además pobre), guste o no se debe aceptar que la música es algo más que simple aritmética y, rara vez, fenómeno devocional, como en el caso de “Juanga”.

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